martes, 29 de agosto de 2017

Cuentos (II)


Bernard se ha ido –dijo Neville--, sin billete. Se nos ha escapado, haciendo frases, diciendo adiós con la mano. Ha hablado con tanta facilidad con el criador de caballos, con el fontanero, como con nosotros. El fontanero lo ha aceptado con devoción. “Si tuviera un hijo así –pensaba--, lo mandaría a estudiar a Oxford”. Pero ¿qué sentía Bernard por el fontanero? ¿No era sólo un deseo de seguir contando la historia que nunca deja de contarse a sí mismo? Comenzó cuando hacía bolitas con la miga del pan en su infancia. Una bolita era el hombre; otra, una mujer. Somos bolitas todos. Somos todos frases en el cuento de Bernard, cosas que apunta en el cuaderno, bajo la A o la B. relata nuestro cuento con extraordinaria sensibilidad, excepto respecto de lo que más nos importa. Porque no nos necesita. Nunca está a merced nuestra. Ahí está, moviendo la mano en el andén. Se ha ido el tren. Ha perdido el enlace. Ha perdido el billete. Pero nada de eso importa. Hablará con la camarera acerca del destino de la humanidad. Salimos, ya nos ha olvidado, salimos de su ángulo de visión, seguimos, con sensaciones que se demoran, medio amargas, medio dulces, porque, en cierta forma, es como para tenerle pena, enfrentándose con el mundo con frases medio acabadas, habiendo perdido el billete: también es digno de ser amado.

(Virginia Woolf. Las olas. Traducción de Dámaso López. Edición de María Lozano. Madrid, Cátedra, col. Letras Universales, 209, 1994)

viernes, 11 de agosto de 2017

Terele Pávez (Bilbao, 29 de julio de 1939 - Madrid, 11 de agosto de 2017)


Larga esquina de verano


Pabellón Rosetto, larga esquina de verano, armadura de mariposas: Mi madre vino al cielo a visitarme.

Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la Luz horas y horas. Soy feliz. Me han sacado del mundo.

Mi madre es la risa, la libertad, el verano.

A veinte cuadras de aquí yace muriéndose.

Aquí besa mi paz, ve a su hijo cambiado, se prepara --en Tu llanto-- para comenzar todo de nuevo. […]

La muchacha regresa con rostro de roedor, desfigurada por no querer saber lo que es ser joven.

Llevando otro embarazo sobre las largas piernas, me pide humildemente fechas para una lápida. (1984) […]

Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo. (1984) […]

Soñé que nos hundíamos y que después nadábamos hacia la costa lentamente y que de nuestras sombras de color verde claro huían los tiburones. (1978) […]

Alguien me odió ante el sol al que mi madre me arrojó. Necesito estar a oscuras, necesito regresar al hombre. No quiero que me toque la muchacha, ni el rufián, ni el ojo del poder, ni la ciencia del mundo. No quiero ser tocado por los sueños. […]

Vengo de comulgar y estoy en éxtasis aunque comulgué con los cosacos sentados a una mesa bajo el cielo y los eucaliptus que con ellos se cimbran estos días bochornosos en que camino hasta las areneras del sur de la ciudad —el vizcaíno, santa adela, la elisa. (1982) […]

Después íbamos al África cada día de nuevo —antes que nada, antes de vestirnos— mientras rugían las fieras abajo en el zoológico, subía un sol sangriento a sus jazmines, y nosotros nos odiábamos, nos deseábamos, gritábamos... (1978)

Instantes de anestesia, de lento alcohol de anoche todavía en la sangre de pie de una muchacha desnuda y más dorada que la escoba: Necesito aferrarme de nuevo a la llanura, al ave blanca del corpiño en la pileta de lavar, detrás de la estación y entre las casuarinas. (1984) […]

Necesito oler limón, necesito oler limón. De tanto respirar este aire azul, este cielo encarnizadamente azul, se pueden reventar los vasos de sangre más pequeños de mi nariz. (1969) […]

Toda la transpiración de mi cuerpo regresará a mis ojos cuando muera el tambor en donde fui formado y hablé con Él —como un niño borracho— entre sillas caídas, río crecido y juncos.

Todas las lágrimas de mi vida volverán a mis ojos; y por las hondas sedas de un pecho de caballo querré internarme, huir, refugiarme en mi casa de trozos esparcidos de ballenas: mi casa como cuerpo de varón recién nacido en el tórrido vientre del silencio. (1985) […]

Dentro de cuatro días llegará a Tu Océano con uno de mis soldaditos dormido sobre sus labios. Y se dirá, sonriéndome: "Es lo poco que hace que este hombre iba al centro del sol cada mañana con un puñado de soldados de plomo. Es lo poco que hace que en el centro del sol, cada mañana, su corazón era un puñado de soldados de plomo entre gallos".

Dormido sobre sus labios

Pequeño legionario, ¡cuánto viento! Pedacito de plomo, pedacito de Sahara: Vendrán veranos no obsesivos; pasarán los hijos de mis hijos. (1978)

Yo puedo hachar todo el día pero no puedo cavar todo el día. No puedo cavar en ningún lado sin estar esperando que aparezca de pronto un soldado de plomo entre mis pies desnudos. (1978) […]

Es mi parte de tierra la que llora por los ciruelos que ha perdido. […]

El verano en que resucitemos tendrá un molino cerca con un chorro blanquísimo sepultado en la vena. (1969)

(Hector Viel Temperley: Fragmentos de Hospital Británico de Héctor Viel Temperley, en Obra completa. Lecturas Eduardo Milán y Santiago Sylvester. Textos críticos de las ediciones originales de Fernando Sánchez Sorondo y Enrique Molina. Madrid, Amargord Ediciones, col. Transatlántica, 23, 2013)