miércoles, 16 de mayo de 2018

Debías estar aquí junto a mis labios


Debías estar aquí junto a mis labios
para compartir contigo esta amargura
de mis días quebrados uno a uno.

En tu rostro vi la tierra limpia.
Tan sólo en tu rostro. En nadie más.

(Eugénio de Andrade: “Lamento de Luís de Camões na morte de António, seu escravo”, en Escrita da Terra. Homenagens e Outros Epitáfios. Pref. Paula Morão. Porto, Assírio & Alvim, col. Obras de Eugénio de Andrade, 8, 2014. Imagen: Underwater Girl de Jacob Sutton)

(Devias estar aqui rente aos meus lábios/ para dividir contigo esta amargura/ dos meus dias partidos um a um// --Eu vi a terra limpa no teu rosto,/ só no teu rosto e nunca em mais nenhum.) (Versión de FN)

jueves, 10 de mayo de 2018

Firme



Mas el amante corazón violento
aún sigue firme en lo que sueña.

(Rafael Morales. Canción sobre el asfalto
Madrid, Antonio Oliver, col. Los Poetas, 1, 1954)

martes, 20 de marzo de 2018

Solo


Y yo sólo deseo salvar mi claridad,
sonreír a la luz de cada nuevo día,
mostrar mi firme horror a todo lo que muere.

(Antonio Colinas. Sepulcro en Tarquinia
Barcelona, Lumen, 1976)

miércoles, 14 de marzo de 2018

Si



Si renuncio a la vida es para hallarla luego
conforme a mi deseo, en tu memoria.

(Luis Cernuda. Como quien espera el alba. Buenos Aires, Losada, 1947)

martes, 6 de marzo de 2018

Mujeres (8 de marzo de 2018)


Y no quiero ser vencida.
(Cecilia Quílez)

I

Una mujer
Acaba donde
Nadie
mira
Asoma
Viéndose
Lo que los demás
Pies y cabeza
Conocieron
Desde fuera se ve mejor
Toda ella
Ella completa
Cabeza
Corazón
Otro accidente más
Y una mujer de menos
En el Olimpo de la ceguera

(Cecilia Quílez. La hija del Capitán Nemo)

II

No, no es la solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy
ni apurar el arsénico de Madame Bovary
ni aguardar en los páramos de Ávila la visita
del ángel con venablo
antes de liarse el manto a la cabeza
y comenzar a actuar.

Ni concluir las leyes geométricas, contando
las vigas de la celda de castigo
como lo hizo Sor Juana. No es la solución
escribir, mientras llegan las visitas,
en la sala de estar de la familia Austen
ni encerrarse en el ático
de alguna residencia de la Nueva Inglaterra
y soñar, con la Biblia de los Dickinson,
debajo de una almohada de soltera.

Debe haber otro modo que no se llame Safo
ni Mesalina ni María Egipciaca
ni Magdalena ni Clemencia Isaura.

Otro modo de ser humano y libre.

Otro modo de ser.

(Rosario Castellanos. Mujer que sabe latín...)

III

Entre la mujer y la primera niña hay un espacio de arena y vidrio. Gira el tiempo en su moción irreverente como un diábolo de esquirlas. Me incomoda su simetría. La nebulosa se origina cuando agito la tempestad que hay en mi mano. Entonces se enturbia el agua en su esfera de luz. Copos de tinta negra flotando como cadáveres tempranos. Son los insectos oscuros de la fiebre. Chocan contra la membrana del tránsito entre relojes. Van dejando sus vísceras sobre el parabrisas de un llanto. Llueve o lloro. Es lo mismo. La nada no tiene sangre, tan solo permanece en su canto.

(Beatriz Russo. Nocturno insecto)

IV

Ellas, guardianas de esas habitaciones a las que los hombres no entran, abrigando a los recién nacidos y a los recién muertos antes de que se enfríen del todo; ellas, resucitando helechos después de la helada. […] Empujar la puerta de esa habitación que los hombres clausuraron y ver a mamá cambiando los pañales a la abuela, siguiendo el hilo de su conversación extraviada, la viejita le llama mamá y algo parecido a la infancia vuelve a poseerle las mejillas. Anda perdida, canta canciones de otro tiempo: “vaga sola en el suelo pampeano, una loca de lánguida faz”. […] Aferrarse a esa sustancia invisible que viaja entre sus manos, a eso indestructible que enhebra sus cuerpos.

(Laura Giordani. Antes de desaparecer)
V

Con las piedras lanzadas
contra mí
he construido
los muros de mi casa

(Anise Koltz. Cantos de rechazo)

viernes, 16 de febrero de 2018

Muerte de un crítico



I

Aburridos, desagradables y moribundos,
los ancianos:
fueron el blanco de mis burlas,
hasta que el tiempo, que todo lo cura, me hizo suyo.

En la vieja Nueva York decíamos:
“Si la vida supiese escribir,
habría escrito como nosotros”.
Ahora el fluido vital se gasta
en el mechero desechable,
su brillo carmesí, cilíndrico, translúcido,
va palideciendo…
Oh, reina de las ciudades, estrella del alba.

Arde dentro de mí la edad.

El sendero año tras año se despeja,
cada año lo cubre la maleza;
la naturaleza colabora con nosotros
y luego nosotros dejamos de colaborar.

II

El cuadrado verde-océano de la televisión
amado y buscado como ningún rostro amado…

En mi cuarto desconectado
me curo a fuerza de hablar conmigo mismo.
Convalezco. No me divierte
debatir con mis antiguos alumnos
y coloco un tablero entre los brazos de la silla
para escribir cartas a máquina
que queman por miedo a mis microbios.

Los discípulos llegaban como las golondrinas de Brasil
o vía aérea las reseñas de libros desde Londres.
En las noches de insomnio, cuando mi tragedia
deleita a las diletantes aves diurnas, pregunto
dónde están sus imprevistos rostros familiares
que no logré reconocer.

Los estudiantes cuyo entusiasmo
hizo agujeros en lo que era transitorio
se han graduado para no existir más.
No tiene sentido
hacer que vuelvan a la vida,
tendrían la tonta cordialidad de los fantasmas…
sin referencias ni derechos de autor,
sin empleo.

Ahora que el hielo casi me cubre del todo
miro la rosa que resplandece en la estufa.
En los momentos cálidos, veo
que hizo de Long Island
un trópico en verano.
De los noventa a Nixon,
la misma chica, los mismos pechos,
aún deliberadamente sin arrugas.
En mi pantalla,
el abominable patrón
me la ofrece cada noche
como si fuese su hija.

¿Me hizo el pánico de ellos inefable?
¿Fue mi integridad mi única
interpretación de todo cuanto maldije?

¿Asesinó el músico Gesualdo
a su mujer para heredar
su voz de ruiseñor?

Mis reproches sobreviven a sus víctimas
enterradas en las revistas literarias
en las que aparecíamos a la vez:
la barrucada y sus presa.
Mis reseñas primerizas,
que fueron el equivalente verbal del homicidio,
son ahora un pequeño montón compacto,
casi tan viejo como yo.
Se deshacen amarilleadas,
las rígidas páginas
se descascarillan como las hojas secas
que vuelan lejos del árbol que las alimentó.

Tras las fachadas celulares de Nueva York
revestidas de vítreo indiferencia
menguo… ya nunca más dinamita.

Pido una muerte natural,
sin dientes por el suelo,
sin sangre derramada…
No es la muerte a quien temo,
sino al indefinido, ilimitado dolor.

(Robert Lowell. Poesía completa, 2 (1067-1977). Edición de Andrés Catalán. Traducción de Andrés Catalán y José de María Romero y Barea. Madrid, Vaso Roto, 2017)

jueves, 4 de enero de 2018

Va por ti Paco by Jorge Pardo


Lo profundo es el aire.
(Jorge Guillén)

A veces la infancia
me envía una tarjeta postal:
¿te acuerdas?
(Michael Krüger)

lunes, 18 de diciembre de 2017

El lenguaje del poder


¿Qué hace
aquí colgada
de un fusil
la palabra
amor?

(Rafael Cadenas. En torno a Basho y otros asuntos
Valencia, Pre-Textos, Col. La Cruz del Sur, 1378, 2016)